Cuando entramos pude ver que algo extraño ocurría con el cantinero de sotana y la insignia del partido socialista ruso bordado en el lado izquierdo de su pecho.
Le pedí un trago, de inmmediato tuve frente a mí un poco de ese vino tinto adulterado con algún alcohol mas fuerte para hacerlo rendir.
El lugar era uno mas de aquellos que abundaban por el rumbo, las prostitutas magdalenezcas se postraban frente a uno para ungirle los pies con perfume de aceites preciosos, su único pago era la cabeza de cerdo que nuestro amable compañero portaba para no sentirse solo frente al mundo. Tuve que rechazar su amable regalo, pues el pago significaría una pérdida irreparable para nuestro querido compañero.
Nos sentamos en la mesa redonda del fondo. Mientras alguien hablaba del dios muerto, el apreciable sirviente de la barra se nos unía sin poder haber evitado oir las palbras del compañero nuestro. Fué entonces cuando el habló del dios protector de pobres, del dios que dió su vida por el bienestar de los desprotegidos, el sacerdote miraba al pervertido que parecía haber salido de un cuadro de Caravaggio, sucio y malencarado que no podía dejar de mirar a las cortesanas venidas a menos por las circunstancias del destino.
Decidímos que aquel personaje contradictorio sería buen complemento en nuestro extraño grupo de individualidads contrastantes. Luego entonces el comunista religioso hizo salir a los ricos comerciantes, lleno de ira, les azotaba con el látigo de cuero que llevaba amarrado a la cintura, volteaba mesas y escupía en sus vasos llenos de finos alcoholes inalcanzables para el obrero explotado por los ideales conservadores.
Levanté mi copa y brindé por el fruto del trabajo del hombre, por el fruto de la vid, por la bondad de la tierra.
Fué cuando el habló del diluvio universal, del viejo Noé, que salvó a aquellos sobrvivientes de la ira de dios, levantamos las copas y bebímos.
Y bebímos.
El lugar quedó vacio a excepción nuestra.
Es el clérigo desorientado quizá la prueba viviente de que el dios ha muerto, que viva el dios, burlo aquel nietzeciano de mierda que nos acompañaba.
Quiza no este muerto, quizá solo este deprimido por no haber permitido que su creación sea soberbia, el que los habia hecho a imagen y semejanza suya. Quizá este ahora desnudo y ebrio, mientras sus hijos se burlan de su desnudez.
Decidí que era el momento de continuar por nuestro rumbo, y así lo hicimos atravez del sol ardiente y árido de las calles de la ciudad mas poblada del país, que se pudre entre conservadores.
Contradictorio mundo donde se juntan los defensores del diablo y el dios... ¿muertos?
Omar Hernadez Trejo
